Hey, Noah!
La que has liado, coleguita, con tus cuentos en Pueblo Mágico. Esa fantasía del quizás-pasado. Seguro que sigues impaciente por todas esas historias del camino de Yonedev que prometí contarte. No te hago esperar más: regreso para escribir sobre una batallita que forjó el adamantium estructural de mi ser.
El desarrollo de una sociedad va muy ligado a la educación que reciben las personas que la forman —no solo en un colegio, un instituto o una universidad—. Todos venimos al mundo como recipientes vacíos y nos vamos llenando de cosas que nos van moldeando como personas, ya sea por experiencias, por lo que aprendemos de nuestras familias o por lo que el mundo académico nos enseña. Posiblemente, de las cosas más bonitas que puedas sentir son las ganas de aprender. En mi caso, siempre me ha movido ese deseo de aprender, descubrir nuevos horizontes que el conocimiento presenta delante nuestro y que, hasta que llega el saber, son opacos a nuestros sentidos.
Así pensaba durante mis primeros 18 años de vida… y así sigo pensando hoy. Pero hubo un tiempo en que la oscuridad me destruyó y las ganas de aprender desaparecieron por completo. Fue la peor época de mi vida. Por lo menos hasta la llegada de un evento tan trágico como en el que tuvimos que morir juntos. El anterior suceso lo relativizas, lo guardas dentro del cajón de cosas menos importantes de la vida. Con tristeza, jamás podré relativizar todo lo que te ocurrió a ti.
Corría el lejano año 2003: había repetido 2º de Bachillerato, mi abuela había fallecido sin noticia de enfermedad un año antes, y me encontraba al borde de volver a repetir curso. Había muchas cosas que no entendía, que a todas luces veía injustas. Seguía estudiando, pero los resultados no eran los de siempre. Llegaba a los exámenes y mi mente estaba completamente en blanco. Estudiaba durante semanas, me presentaba al examen, escribía mi nombre… y me iba. En mi mente no había nada que plasmar en el papel. Así fue gran parte del curso. A excepción de los exámenes finales de recuperación; ahí sentí que volví a poder pensar.
Recuerdo presentarme a las recuperaciones de Matemáticas, Física y Biología con buenas sensaciones. Cuando entregué los exámenes, sabía que había hecho los mejores tres meses de estudio de los últimos dos años. El trabajo estaba hecho, solo quedaba esperar por las evaluaciones.
Llegó el día. Me acerco al tablón de anuncios donde publicaban las notas de los exámenes de recuperación. Busco mi nombre. Ahí estaban mis notas: Biología superada, Física superada y Matemáticas… suspenso. Se paró el tiempo. Era el fin de mi época de estudiante. Lloré y, sobre lo llorado, lloré. Estaba seguro de que iba a aprobar. Qué había salido mal, no lo sabía.
No sé cuanto tiempo estuve frente al tablón; yo sentí que fueron años. De mi estado paralizado me despertó un profesor que se acercó a mí con una sonrisa que, en mi mente, quedó grabada como la sonrisa de un demonio. De ese profesor escucharía las palabras que aplastarían mi ser, la primera vez que iba a tocar fondo.
– ¿Es posible revisar mi examen de matemáticas? Estaba convencido de que iba a aprobar.
– Yo no corregí tu examen, pero me dijeron que estaba bastante mal. ¿Qué quieres estudiar?
Dubitativo, contesté:
– Me gustan los videojuegos. Creo que debería estudiar informática y aprender a programar.
– Deberías pensar en hacer otra cosa; tus conocimientos matemáticos y físicos no son adecuados y tu nivel de concentración es nulo. No estás capacitado para realizar estudios superiores.
Y se marchó.
Desde ese momento, las dudas se apropiaron de mi ser. Los siguientes años luché con el estigma de no ser capaz de nada. Ese profesor destruyó mis ilusiones con unas simples palabras.
Con el paso de los años he reflexionado sobre ese profesor. Hasta el fin de mis días lo odiaré y jamás lo perdonaré. Un profesor debe enseñar, pero también debe entender que en los pupitres tiene personas, no máquinas. Quizás el giro que necesitaba en mi adolescencia era tan solo un poco de comprensión. Que alguien me ayudara a integrar que mi abuela había fallecido… pero él eligió hundirme, sin saber mis circunstancia. Y vaya si lo consiguió.
Al final, marché a Tenerife para seguir estudiando, con la mochila cargada de dudas y un profundo menosprecio hacia mí mismo. Continué estudiando por empuje de mis padres, más que por el mío propio. Días después de llegar, estaba delante del primer examen de programación de mi vida, apenas sin estudiar, en una clase con más de cuarenta alumnos. Recuerdo preguntar por qué éramos tantos alumnos en una clase con capacidad para muchas menos personas. Me respondió el profesor: “Con el primer examen, seréis la mitad”.
Ese fue el inicio que marcaría mi carrera profesional. Obtuve una de las notas más altas en aquel examen, entre todos mis compañeros, en una materia que jamás había visto antes. Quizás el profesor se equivocaba, ¿no crees, Noah?
Como en todas las profesiones, hay quienes no están al nivel de responsabilidad que exigen sus tareas. Personas que deberían apartarse a la soledad de una cueva y temer al sol. Mi profesor de bachillerato fue uno de esos. Nosotros, Noah, tenemos que ser de los que aportan al bien. Y nuestra historia sigue escribiéndose, pese a un mal profesor.
Te quiere,
tu padre.











