Hey, Noah!
Hoy tendrías que estar celebrando tu cumpleaños con nosotros, pero no es así. Caímos en manos de una panda de absolutos incompetentes que jugaron con tu vida hasta que no pudiste soportarlo más. Pese a la fortaleza que demostraste, te sentenciaron. Esos innombrables te arrebataron el feliz cumpleaños de cada veinticinco de julio.
Jamás voy a perdonar. Siento frustración, impotencia, odio, rabia, ira y asco por lo que te hicieron vivir. Escribo como un necio para que se tapen los oídos, para que miren hacia otro lado. Cobardes. El dolor jode, pero no tengo ninguna razón para esconderlo y regalar una sonrisa. Locura, quizás. Al final somos nosotros, tus padres, los que tenemos que ir a terapia —pasando por caja—. Lidiar con las secuelas es lo de menos. Vivir con tu cuna vacía, mientras la vida sigue para esos inútiles que nos privaron de tu compañía, es lo que más duele.
Hace veintidós meses que dejé de padecer miedo, no tengo nada que perder. No quiero que mis emociones negativas desaparezcan jamás, porque son el resultado del momento en que me arrebataron tu amor incondicional. No las usaré para destruir, aunque podría hacerlo. Las usaré para continuar el camino que tu madre y yo hemos construido en silencio, para que quienes te borraron por incompetencia no sigan jodiendo y para que tú seas el símbolo de vida de los niños que están por venir.
Te queremos, Noah. La excelencia llegará. Aunque sea tarde para ti, ni un niño más pagará con su vida. Tú lo hiciste bien, campeón.
Bien sabes que, entre esos incompetentes, existía la voluntad de señalar con el dedo a tu supuesta enfermedad genética, como si eso pudiera exculpar las aberraciones que cometieron. Como te conté en la carta “La desidia de los druidas que NO te dejaron vivir”, esa causa quedó descartada con tus pruebas genéticas, certificadas por el equipo de Genética del HUC (Hospital Universitario de Canarias). Y hay una novedad. Hace unas semanas volvimos a confirmar la inexistencia de cualquier enfermedad genética. Esta vez, para comprobar si nosotros éramos portadores de alguna enfermedad recesiva, nos hicimos un estudio de portadores —de nuevo, pasando por caja, cómo no— y, sorpresa… no pudimos transmitirte enfermedad genética alguna. Sin embargo, aunque hubiera existido esa afección, tampoco justificaría lo que hicieron contigo: dejarte sin ninguna oportunidad para vivir.
Ayer, mientras cenábamos, un pajarito impactó contra una puerta acristalada de nuestra casa. El pobre quedó moribundo y pensamos que era su final. Lo recogimos con sumo cuidado y lo dejamos en una caja de cartón para que pasara la noche dentro de casa, protegido de cualquier depredador. Por la mañana se había recuperado y pudimos devolverlo a la libertad. Gracias, Noah.
No puedo decir “feliz cumpleaños”. Porque, no nos engañemos, no lo es.
Te quiere,
tu padre.











