Hey, Noah!

Supongo que la carta que titulé “La mala educación” no te agradó. Lo entiendo. Aunque debo decirte que en ella solo te mostré una de las caras de la moneda. La otra, a la que en multitud de ocasiones no le damos el valor suficiente, es la de las personas que son geniales enseñando. Protagonistas anónimos de grandes actos en la evolución de sus alumnos, sin apenas visibilidad ni reconocimiento. Tampoco lo buscan. Solo necesitan sentir que están llevando por buen camino a los niños que sostendrán el mundo del mañana.

En reconocimiento a todos esos educadores, porque sé que tú les darás el valor que se merecen por ayudar a tu padre a ser quien es. No estarán todos los que son, pero valgan estas historias como homenaje a quienes dedican su vida a enseñar. Para ti, Noah: La buena educación.

Mi etapa de Bachillerato quedó marcada por la puñetera frase: “… No estás capacitado para realizar estudios superiores”. Aquel profesor me destrozó con ese comentario. Sin embargo, ese mismo día descubrí a un gran profesor al que no había prestado atención, ni siquiera a sus clases… La Biología era un pastel. Me interesaba bien poco y él era el docente de esa asignatura; también mi tutor. Su nombre, o como nos dijo que lo llamáramos desde el primer día, era Susi. Gracias a él abrí una pequeña puerta para seguir estudiando. Me ayudó con la revisión del examen que me bloqueaba e intercedió ante otros profesores para que me permitieran seguir adelante. Aunque estaba tocado y hundido por lo que me había dicho su colega, sus palabras de ánimo de aquel día y sus gestiones fueron fundamentales para volver a ver la luz. Qué menos que darle ahora, de esta manera, las gracias. En estos casos, jamás es tarde. Aunque hayan pasado veinte años.

Llegados a este punto, Noah, te preguntarás dónde ocurrió todo esto. El centro donde estudié Bachillerato fue el IES José María Pérez Pulido, en Los Llanos de Aridane. Un instituto como tantos otros, donde puedes encontrar malos y buenos profesores; como en la mayoría de centros educativos, conviven dinosaurios acomodados y una resistencia innovadora que, demasiadas veces, permanece silenciada.

Qué curioso que, años después, acabara cerrando el círculo acogiendo en Yonedev a alumnos en prácticas procedentes de ese mismo centro.

Para esos chicos y chicas en formación he intentado transmitirles conocimientos, pero también aprender de ellos y demostrarles que se puede entrar en el mundo laboral y empresarial sin renunciar a unos sólidos valores. Espero que la experiencia fuera tan enriquecedora para Matheus, Claudia, Gabriel, Miguel, Alejandro, Daniel, Víctor y Raúl como lo fue para mí. Al menos, esa era mi intención.

El segundo acto significativo de mi aprendizaje también tiene nombre propio: Minerva, mi maestra de Primaria. Cuando estaba terminando la primera etapa de mis estudios superiores en Tenerife, recibí una llamada suya. Quería reunirse conmigo para hablar de un proyecto web. Yo tenía varios proyectos personales, pero nunca había trabajado para otra persona. Nos reunimos y, tras presentarle mi propuesta, comenzamos a trabajar juntos. Fue mi primer trabajo remunerado y guardo un recuerdo magnífico de aquella experiencia. Siempre estaré agradecido por la oportunidad que me dio. Sin saberlo, marcó el inicio de todo lo que vendría después. ¡Gracias, maestra!

En la última etapa de mis estudios en Tenerife tuve varias experiencias que reflejaban lo que, para mí, debería ser un buen educador. Una de ellas fue la de un profesor llamado Ángel. De él aprendí muchísimas cosas, casi todas muy por encima del conocimiento teórico de lo que luego sería mi profesión. Ángel tenía buena mano con sus alumnos y nos enseñó que educar va mucho más allá de lo que pueda contener un libro de algoritmos. Del código apenas me acuerdo. De las “chuletadas” a las que nos invitó en su casa, donde consiguió que aflorara el compañerismo entre todos nosotros, jamás me olvidaré. Aquella fue la lección más importante de todo el curso. Un profesor debería aspirar a ser mucho más para sus alumnos que alguien que entra en un aula durante una o dos horas al día.

En ese mismo periodo hubo otra experiencia de la que siempre me sentiré orgulloso. Para entonces, mis conocimientos de programación ya eran sólidos. Eso me permitía ayudar a algunos compañeros. Muchas tardes nos reuníamos los tres: Daniel, Diego y yo. Ellos eran mis amigos y compañeros de clase; yo me plantaba delante de mi maravillosa pizarra y pasábamos horas resolviendo algoritmos para que pudieran superar las asignaturas que más se les resistían. Me divertía muchísimo ayudándolos. Sin darme cuenta, yo también estaba aprendiendo a enseñar. Además, siempre quedaba un ratito para echar una partida al Pro Evolution Soccer.

Esos cuatro momentos marcaron mi etapa como estudiante: Susi tendiéndome la mano cuando estaba hundido. Minerva confiando en mí. Ángel enseñándome que educar también consiste en crear vínculos. Y aquellas tardes frente a una pizarra ayudando a Daniel y Diego. Entre todos sembraron los valores sobre los que años después levanté Promineo Studios y, más tarde, Yonedev.

Te quiere,
tu padre.