Hey, Noah!

Paquita no tenía una pena,
Paquita quería más…

Paquita es la perrita de tus abuelos. Hace unos años, perdió a su dueña —por otro lado, un familiar muy querido al que, por desgracia, no tuvimos ocasión de anunciar tu llegada— y, cuando ya tenía un hogar de adopción, asustada por los estruendos de una tormenta, escapó y estuvo varios días desaparecida por las calles del Valle de Aridane, hasta que la pudimos rescatar gracias a la constancia en la búsqueda y decidimos integrarla en nuestra familia. Lo que tuvo que vivir esa burrita, como la llama tu abuela.

Sin embargo, el domingo 4 de octubre de 2026 sobre las 19:00, el mundo le pegó una bofetada de carencia de valores, como a ti, Noah. Un coche la atropelló. Iba paseando con tu abuela y, al escuchar el ladrido de un perro, se zafó de su collar y salió corriendo, impactando contra un vehículo que circulaba por la carretera. Un accidente, con final fatal. Pero el drama no fue ese —que también lo es—, sino que el conductor o la conductora de ese coche la dejó tirada como si fuera una bolsa de basura, mientras mi madre gritaba desconsolada por su Paquita. ¿Quién abandona a una perrita en medio de la carretera con su dueña rota de dolor? El coche formaba parte de una cola de varios vehículos; todos la esquivaron mientras cargaba a Paquita en sus brazos. ¿Qué clase de valores tienen las personas que miran para otro lado cuando alguien está sufriendo por la pérdida de un ser querido?

Hasta aquí la versión que nos pudo contar tu abuela en el momento de la pérdida de Paquita. Al día siguiente, recordó otros datos del atropello, que hacen aún más miserable a ese o esa que le arrebató la vida a Paquita. El vehículo la atropelló al iniciar un adelantamiento en una zona terminantemente prohibida. En poblado, con un paso de peatones a 20 metros del inicio del adelantamiento y de donde impactó a la pobre Paqui, con una señal de zona escolar bien grandota y en tramo de obras. Ahora entiendo por qué no paró: fue consciente en todo momento de que la había cagado. Como contigo, Noah, están los autores y los cómplices. Como contigo, hay gente que señalar por malas praxis y gente que señalar por mirar para otro lado cuando en otros momentos ocurrieron cosas. Cada persona que nos contó que experimentó situaciones anómalas es cómplice de tu muerte, por no hacer nada y pasar por alto situaciones que en tu caso fueron fatales. Lo mismo ocurre con los cómplices de la muerte de Paquita. Algún día puede que el lugar de Paquita lo ocupe el padre, la madre, los hermanos o los hijos de quien hoy mira para otro lado… y ahí ya llorará.

Noah, lo siento. Me aterra ver el mundo que te hubiésemos entregado. Con personas que no sienten ni padecen. Que actúan impasivos. Si no es conmigo, no me importa. Que han sido curados de cualquier achaque de humanidad. ¿Qué voy a esperar, si el día anterior a la tragedia de Paquita un atropello en el valle acabó con el fallecimiento de una señora, y la persona que causó el accidente se dio a la fuga? ¿Quién sabe qué habría ocurrido si la hubiese socorrido? En situaciones así, cada segundo cuenta.

Se nos llena la boca para decir que los palmeros somos diferentes —con una idiosincrasia única— y no, no lo somos. Hay gente maravillosa, claro que sí. Pero hay muchos principios enterrados entre lava. De la Covid saldríamos mejor. Y una mierda. De la erupción volcánica saldríamos mejor. Y otra gran mierda. Y sí, Noah, se dice “mierda”, porque en la vida no hay colores ni palabras feas. Cada emoción, hay que acuñarla con las palabras apropiadas, aunque no sea del agrado de los puritanos de lo correcto.

Por contarte otra anécdota, hace unas semanas operaron a tu abuela de la vista. Iban camino del hospital para esa intervención cuando su coche, que conducía tu abuelo, se paró por una avería. Como pudieron, dejaron el vehículo donde no molestaba a la circulación y decidieron llegar caminando al hospital, que estaba a unos dos kilómetros. Pero, en ese recorrido, un tropiezo de mi padre hizo que cayese a la carretera y su móvil saliera despedido, quedando en medio de los dos carriles. ¿Sabes qué ocurrió luego? Pues sí, Noah. Lo mismo que a Paquita. Solo que semanas antes. Como contigo, Noah: cuando te llevamos, varios profesionales que tenían que atender tu salud miraron para otro lado. Es el modus operandi de la sociedad. Los conductores de los coches que llegaban al lugar donde estaba mi padre en el suelo y mi madre intentando ayudarlo, decidieron que lo mejor que podían aportar era esquivarlo y pasar de largo. Ni uno, ni dos, ni tres… ninguno paró. Por lo menos tuvieron el detalle de no escachar el móvil, todo sea dicho…

Entre la tristeza que nos deja la marcha de Paquita y el comprobar una vez más lo podrida que está la sociedad del aparentar, por lo menos podemos salvar la buena voluntad de dos vecinas, Cristina y Nieves, que asistieron a mi madre cuando la vieron caminando con su perrita en brazos por medio de la carretera. A ellas sí, debemos darles las gracias una y mil veces más.

Dile a Paquita que dejó atrás un mundo que no la merece. Como contigo, Noah.

Ojalá, Noah, que el eco de nuestras cartas les llegue a esas personas que no movieron ni una tripa con Paquita. Y que sus consciencias les pesen como a nosotros la pérdida de Paqui. No fue un accidente inevitable. Quizás, y solo quizás, de cómplices quieran pasar a testigos de lo justo.

Te quiere,
tu padre.